Es imposible no entender la historia-triángulo de amor que sucede en “Angels in America” entre la pareja de gays y el mormón reprimido. No voy a decir que sea mi parte favorita de la serie, porque esos seis capítulos intensos se disfrutan dependiendo del ánimo de cada día, y hay para -casi- todos.
También es difícil no entender el drama de Julianne Moore en “Las Horas”. O el de los protagonistas de “El Lenguaje Secreto de las Grúas”, o el de muchos de los personajes que moran las canciones de Iván Ferreiro, o, qué sé yo; por culminar, a Viggo Mortensen en “Extraño Vínculo de Sangre”: sabe que nunca podrá estar en un sitio más tiempo del que le permita su cabeza, que el amor a otra persona es siempre relativo, que la estabilidad existe porque existen las tempestades, que la lealtad y la traición son una misma cosa vista desde dos puntos de vista.
Yo siempre digo que en realidad siempre se son tres en una relación. Tres que, en realidad, son cuatro, porque hay dos que sólo juegan por parte de un lado de la pareja. Dos son los protagonistas; los otros dos, las ventanas por las que se toma aire, en el sentido más amplio de la palabra. Un tiempo después, entra en la partida el egoísmo: ¿quiero más al otro, o me quiero más a mí? ¿Mi felicidad es su felicidad, o no tiene nada que ver?
En el imposible mapa de tramas de la vida de cualquiera, sólo domina el caos, a pesar de que la puta razón se empeña en intentar ordenar lo que va pasando. Si fuera un romántico empedernido, podría hablar de impulsos y de la tendencia a la tragedia; como estoy en el extremo contrario, pienso que algunas personas necesitan unos gramos de autodestrucción para sentirse más vivos, o apreciar lo que poseen, o que cada cual escoja sus razones. Sólo sé que siempre hay un momento, apenas unos segundos, en que uno es capaz de verse a sí mismo desde fuera, y sólo ahí, en ese intervalo, es capaz de dar marcha atrás. Después… después ya estás subido en la montaña rusa. Y como mucho, en algún lado suena aquello de “…ella no me imagina cazando en los bares, viviendo deprisa…”.
A partir de ahora, mi querido amigo X, no tengas miedo, que nada es tan importante como estar ahí cuando es necesario. Pienso que todos tenemos derecho a un espacio individual y a uno compartido. Y siempre se acaba encontrando el entendimiento para con uno mismo. Suerte y ánimo.